Shanghai no sorprende tanto por sus 18 millones de habitantes, sino por el hecho de que todos son chinos. Aunque residen medio millón de extranjeros, no se ven. Parece una obviedad, pero el paisaje dista mucho de la multiracialidad a la que estamos acostumbrados en Europa y caminando por la calle difícilmente ves otras razas diferentes a la asiática. Ciertas discotecas de moda serán excepciones. Allá donde vayas, la cantidad de personas parecerá no tener fin. Bienvenidos a China.

Segunda sorpresa: nadie habla inglés. Indicar una dirección a un taxista o conseguir Paracetamol en una farmacia será una aventura que acabará en fracaso, a no ser que dispongas de la información escrita en chino. Desconfía cuando tres recepcionistas de un hotel avisen a un cuarto que afirma saber inglés: no conseguirás comunicarte.

Sorprende el paisaje. Una plataforma formada por autopistas, avenidas, calles, puentes, canales y parques sostiene una incontable cantidad de barrios y edificios. Transeúntes,taxis, bicicletas, triciclos, motocicletas, automóviles y tranvías transitan por la vía pública en caótica armonía y considerable silencio. El secreto de que no hayan accidentes de tráfico parece radicar en un hecho: el que gira tiene preferencia. Un conductor puede cambiar de sentido saltándose una línea continua en una avenida de 4 carriles. Para ello frenarán un autobús, un tranvía y media docena de coches. Una bicicleta colmada de bolsas de plástico y un triciclo cargado de sacos de arena aprovecharán la confusión para cruzar.

La tercera sorpresa será la extensión. Shangai disfruta de 6.000 km cuadrados de superficie y es 10 veces más grande que Madrid, aunque una imponente red de metro, trenes y carreteras, parece haber ganado la batalla al terreno. Cierto, el tráfico es una pesadilla en hora punta, pero también disponen del Maglev: el único tren electromagnético público del mundo: 420 km/ hora, sin ruido, sin contaminación, sin tocar el suelo.

Pese a su dimensión, Shangai aglutina en cada rincón una intensa vida. Comercios de todo tipo y rango se alinean en sus calles.

La acera la ocupan vendedores ambulantes, jugadores de cartas, moto-taxis, triciclo-taxis, obreros de la construcción o media docena de dependientes de una tienda que escuchan el discurso de su manager. El por qué se arenga al personal en la vía pública, es otro tema. También ocuparán el espacio mesas, sillas e improvisadas cocinas de puestos ambulantes de comida. Curiosamente, perros se ven muy pocos.

En los que parques, a las 6 de la mañana o a las 7 de la tarde, descubriremos numerosas señoras de avanzada edad bailando al son de un radiocassette, o practicando taichi. Veremos niños jugando a badminton, gente caminando en pijama, jóvenes practicando baloncesto y hombres dibujando con agua caracteres chinos en el suelo (en pocos minutos, la humedad hará desaparecer los trazos).

La zona de máquinas de ejercicio que todo parque ofrece será muy concurrida, y un anciano estirará sus piernas formando un ángulo de 180 grados con ellas.

Bienvenidos a una reunión saludable y tranquila en un parque. Tranquila de verdad. Otro de los aspectos que sorprende es la seguridad que se respira a todas horas, en todo lugar. No hay parque en Barcelona, Madrid, París, Roma, Londres o Nueva York donde te sientas tan seguro cuando cae el sol. En Toronto, una de las ciudades más seguras del mundo, de noche se escuchan sirenas de policía. En Shanghai no.

Otro aspecto menos tranquilizador será el clima: dependiendo de la época nos enfrentaremos a una humedad ambiciosa, lluvias monzónicas o vientos siberianos… De forma casi perenne, una capa blanca cubrirá el cielo, nunca azúl. El National Geographyc alerta sobre el nivel de contaminación de las grandes ciudades chinas; afirma que es el precio que China está pagando por el progreso. Pero… ¿qué progreso?

Centenares de grúas y miles de obreros levantan día y noche, sábado y domingo, medio centenar de nuevos rascacielos y otras tantas carreteras. También se multiplican los gigantes centros comerciales que albergan tiendas y servicios de todo tipo. En los pasillos del metro encontramos tiendas de ropa femenina, complementos y electrónica, peluquerías, servicios de masajes… Es el paraíso del consumo. También hay una frenética actividad en los mercados más tradicionales, y en el Carrefour, donde muchos productos son inalcanzables para los 96 euros del salario mínimo del país.
Un visitante no podrá deducir qué tanto por ciento de pobreza y riqueza cohabitan en Shanghai.

Pero lo cierto es que los barrios más humildes tienen como telón de fondo nuevos rascacielos. Aquí se salta del insalubre hutong (barrio de casas bajas) al piso con aire acondicionado. Eso con suerte. Muchos esperan que el gobierno les ceda un nuevo hogar.

También proliferan las tiendas fashion, los resturantes de lujo chinos y occidentales, los masajes exquisitos (a 10 euros la hora), las revistas gratuitas modernas o los clubes de mujeres extranjeras (norteamericanas, por ejemplo). Todo salpicado de algún que otro Ferrari que circula por la calle.
Shanghai alberga largas jornadas laborales, un consumo feroz y una continua ansia de mejora. Muchos encuentran trabajo y comienzan a buscar otro inmediatamente y uno de los sueños más recurrentes es tener una casa de propiedad.

Poco más descubriremos a primera vista. Algún templo budista, algún jardín ancestral…
Luego, conforme pasen los días, empezaremos a descubrir algo mucho más inteligible para nosotros: la cultura china.
Su diferente percepción del tiempo y las dimensiones, donde 4 años no son nada y un pueblecito puede albergar 2 millones de habitanes.
Su escritura. Trenzada a base de pictogramas y conceptos imposibles de aprehender en su totalidad.
El inexistente hábito del beso.
La preponderancia de la acupuntura, el taichí, el yoga…
Su medicina tradicional hecha a base de hierbas, cortezas de árbol, champiñones o larvas.
Su afición por cantar y por el karaoke.
El obligado arte del regateo, calculadora en mano.
El ping, pong, deporte nacional.
Los onmipresentes masajes.

Las ofrendas de incienso a Buda.

El culto a las verduras y hortalizas de calidad, al té, los noodles, la soja, el pato, el arroz, las sopas y a la comida en general. El menú puede incluir las patas fritas de un pollo con uñas incluidas y envasado al vacío (extendido snack) o animales como el escorpión, la serpiente, el cienpiés, el caballito de mar o el erizo, aunque no es habitual.

La naturalidad con la que se vive la prostitución y su omnipresencia.
Los peinados encrespados de dibujos animados que lucen ellos.
La obsesión de ellas por disfrutar de una tez blanca.
La afición por los animales de peluche.
Los empujones en el metro.

Los carteles que prohíben escupir.

El por qué de su forma de sentarse.
Los niños sin pañales.

La forma de indicar con las manos los números 6, 7, 8, 9 y 10.

El modo de iluminar.
Y un millón de detalles más.
Bienvenidos a Shanghai.
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